martes, 30 de diciembre de 2008

Epitafios Ensayados

No se me ocurre "luchar por ti", por más que nos llevemos tan de puta madre por una simple razón: ya me doliste demasiado, y tu espíritu pendenciero no me daría precisamente lo que necesito. Ya lo probamos todo el año, y a mi ya no me quedan fuerzas, como te diste cuenta hoy (espero te hayas dado cuenta, tonto).
Saqué mis últimas lágrimas a dar una vuelta a la manzana porque es momento de que el cortejo fúnebre emprenda marcha al cementerio.
Seguiremos conversando, of course. Como converso con la tumba de mi abuelo cada vez que lo necesito. Entonces, hasta la vista. Se va el año, vete con él. Tú al norte, yo al sur, es un buen comienzo. Buena suerte corazón cómplice, vienen tiempos mejores, digo yo.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Cartas (no) enviables

Te escribo esta carta porque ya agoté mi paciencia (conmigo). También agoté toda el agua salada que mi cuerpo merecía darte. Vengo diciendo hace meses que me encuentro en tu velorio, pero no creo que se pueda hacer el amor con un muerto, ni acariciar o dejarse acariciar por un muerto, como lo hicimos anoche.

Me voy quedando sin argumentos. Cierto, aun añoro eso que me diste "cuando aun no me había dado cuenta de eras una prueba viviente de que uno no debe creerse todo lo que ve en televisión", y que aun me sigues dando , que me (nos) diste (dimos) anoche y que recibí (recibimos) de muy buena gana. Lo añoro, si, pero también añoro esa sensación de realidad que nunca supiste darme.

Te quiero. No podría decir te amo, pero podría decirte amor. Te lo he dicho mil veces sin que te des cuenta. Me encantan las caminatas del brazo, los abrazos, la confianza, la complicidad e ir atando cabos de tus mentiras y tus verdades que vas soltando en tus descuidos de criminal imperfecto cuando estamos juntos y puedes ser tú en cualquiera de tus facetas, pero sobre todo cuando eres tú de verdad.

Pero nunca podría estar contigo. No sólo porque tú no estarías conmigo a pesar que de alguna u otra forma siempre regresas a mi, sino porque me enferma la idea de vivir en perpetua paranoia, al saberme todas tus pendejadas, tanto como me enferma la idea de que, a pesar de todo lo que soy, pareciera no dar la talla para ti, sino no entiendo otra razón por la que se sabotea todo siempre de alguna manera.

Me enferma la idea de que cada vez que te veo no puedo evitar las ganas de volver a abrazarte y sentir las mismas ganas de que me vuelvas a abrazar siempre, tal como la primera vez. Pero nunca será tan puro e inocente como la primera vez, la historia ya se jodió, las cosas pasaron y siguen pasando mal, en estado de perfecta armonía y conjunción pero mal.

No tengo ni puta idea de como acabará esto, ni de como hacer que acabe ahora antes que acabe mal. Te adoro, cierto, pero parte de esa adoración de amantes se ha disuelto en el último pisco que tomamos juntos... hace tiempo, y la esperanza de que funcionen las cosas fue atropellada en la vía expresa en un taxi que me llevó de tu casa a la mía hace muchos meses. En todo caso tengo que velarte sin pensar que vas a 'resucitar'. Cuando mate la ilusión (que no es esperanza, sino el arte de construir castillos en el aire) de la resurrección en ti, podré enterrarte, limpiar la memoria y apostar por algo real con otra persona.

Mientras tanto, no sé que cuernos hacer para que me duelas un poco menos. Mientras tanto, desaparecerme de la vista de todos, pero sobre todo de la tuya, es lo único que se me ocurre, porque una conversación más sobre este tema, acabará como siempre: tú dirás que yo sabía xxx cosas, y yo diré que tú debiste poner tus reglas más claras, porque las mías se presentaron casi hasta con carta notarial de por medio.

Entonces, sólo me queda disfrutar de este dolor de estómago temporal que aun me causas, dejándome las cosas en claro, porque lamentablemente el maldito tiempo es el único que va a poder darme la respuesta, la solución e indicarme el momento exacto de tu entierro, al cual no estarás cordialmente invitado.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Labios de batracio azul

Batracio: m. Animal vertebrado de temperatura variable que respira por branquias y vive en el agua en los primeros tiempos y luego respira por pulmones y vive en tierra como la rana. el sapo, la salamandra, etc.
Pd. Tener en cuenta que es voluble, cómodo y dobleteador

Estaba en la época en la que estaba asumiendo la inminencia de preparar el velorio, apenas bajando de la torre, cuando apareció. Saltó del estanque del que suelo verlo desde mi torre y apareció en medio de una divertidísima reu. O lo divertido fue reconocernos y todo lo demás.

Nos miramos de casualidad y sonreimos. Es del tipo de chico que me gusta, ya me lo había chocado (y chequeado) antes, pero como no ando con red de pesca a ver quien cae, apenas si sonreí y saludé. Pasé casi corriendo con mis amigos, arcoiricamente coloreada, ante la mirada que me mandó.

No se porque, pero cuando lo vi esa noche sentí que encontraba algo que había estado buscando. No tengo idea qué. Porque no estaba planeado que dos horas después estemos tomando del mismo vaso y fumando del mismo habano. Tampoco estaba planeado que dos horas después (de esas dos horas) el salón desapareciera y nos quedáramos con nosotros, nuestras bromas, miradas coquetas (y algunas suyas hasta pendejas), a pesar de que el bochinche a nuestro alrededor era digno de un clásico del fútbol peruano.

Y menos planeado aun que a la hora imprudente de salir, me agarrara la mano suave, firme y descaradamente y pretendiera llevarme a casa. Claro, es obvio para muchos que ese sapo azul y yo acabamos en uno, o muchos, tiernos (y riquísimos, hay que decir) besos de despedida, aunque mi alter ego se haya resistido a ello durante 25 minutos, tras muchos intentos fallidos de su parte.

Fueron solo besos, pero que ricos. Y entre otras cosas, la cagué. Primero, porque tal vez en mi apuro por enterrar al muertito velado, el sapo azul (que nunca se convertiría en príncipe) me deslumbró más de la cuenta. Y segundo, que presa de esa emoción pueril, casi indigna de los años que manejo, me llevó casi a jugar a la mexicana rebelde... uno de papeles menos cotizados de la escena!

Dejé que insistiera por 25 minutos porque algo me decía que el batracio volvería a su estanque sin más ni más, y ya que me daba pena que últimamente siempre pase lo mismo, intenté evitarlo. Intenté.

Mi sentido arácnido nunca falla, así que traté de no esperar su llamada muchos días después. Hasta que lo encontré en una de mis excursiones miraflorinas 'only girls', con una chica, con la que ¿asumo? sale (ay el facebook: como terminas conociendo virtualmente todo lo que hacen los presuntos implicados en tu vida). Me dio una hincada en el estómago, pero nada más. Lo miré de lejos, levanté mi apple martini y le sonreí. Él hizo lo mismo, con su cerveza.

A veces lo sorprendo mirándome, a veces aun me lo choco y lo miro de lejos. Sonrío. No deja de parecerme lindo, no dejo de tener un recuerdazo de tremendos besos, pero para mi ya es sólo el sapo azul que me hizo ver la necesidad de aprender a enterrar a los muertos. Por más que los sapos besen magnificamente, no tienen que convertirse en príncipes, o no es el momento para ninguno de los involucrados. Más simple y sencillamente sería decir 'al cuerno con los cuentos de hadas', pero que un beso pueda darle ciertos ajustes a una historia, no tiene que ver con un cuento.

Es innegable el poder de los besos y de los abrazos. Pueden llenar vacíos o crearlos. Llevar a la gloria o al infierno y hacerte pisar la tierra o tocar el cielo. Creo que nadie es inmune a un buen beso, contundente, que te tome casi de sorpresa, que te deje sin palabras. Pero ese tipo de besos no se dan con cualquier persona, tal vez no porque algunas personas no sepan besar, sino que algunas personas son más apasionadas que otras, o simplemente sus labios o sus cuerpos van bien juntos, o no. Eso cuenta, y vaya de que manera...

Aquí una canción fácil de compartir con la persona con la que se disfruta el intercambio de las pequeñas interminables pasiones que guardamos en los labios, para ocasiones especiales.