Batracio: m. Animal vertebrado de temperatura variable que respira por branquias y vive en el agua en los primeros tiempos y luego respira por pulmones y vive en tierra como la rana. el sapo, la salamandra, etc.
Pd. Tener en cuenta que es voluble, cómodo y dobleteador
Estaba en la época en la que estaba asumiendo la inminencia de preparar el velorio, apenas bajando de la torre, cuando apareció. Saltó del estanque del que suelo verlo desde mi torre y apareció en medio de una divertidísima reu. O lo divertido fue reconocernos y todo lo demás.
Nos miramos de casualidad y sonreimos. Es del tipo de chico que me gusta, ya me lo había chocado (y chequeado) antes, pero como no ando con red de pesca a ver quien cae, apenas si sonreí y saludé. Pasé casi corriendo con mis amigos, arcoiricamente coloreada, ante la mirada que me mandó.
No se porque, pero cuando lo vi esa noche sentí que encontraba algo que había estado buscando. No tengo idea qué. Porque no estaba planeado que dos horas después estemos tomando del mismo vaso y fumando del mismo habano. Tampoco estaba planeado que dos horas después (de esas dos horas) el salón desapareciera y nos quedáramos con nosotros, nuestras bromas, miradas coquetas (y algunas suyas hasta pendejas), a pesar de que el bochinche a nuestro alrededor era digno de un clásico del fútbol peruano.
Y menos planeado aun que a la hora imprudente de salir, me agarrara la mano suave, firme y descaradamente y pretendiera llevarme a casa. Claro, es obvio para muchos que ese sapo azul y yo acabamos en uno, o muchos, tiernos (y riquísimos, hay que decir) besos de despedida, aunque mi alter ego se haya resistido a ello durante 25 minutos, tras muchos intentos fallidos de su parte.
Fueron solo besos, pero que ricos. Y entre otras cosas, la cagué. Primero, porque tal vez en mi apuro por enterrar al muertito velado, el sapo azul (que nunca se convertiría en príncipe) me deslumbró más de la cuenta. Y segundo, que presa de esa emoción pueril, casi indigna de los años que manejo, me llevó casi a jugar a la mexicana rebelde... uno de papeles menos cotizados de la escena!
Dejé que insistiera por 25 minutos porque algo me decía que el batracio volvería a su estanque sin más ni más, y ya que me daba pena que últimamente siempre pase lo mismo, intenté evitarlo. Intenté.
Mi sentido arácnido nunca falla, así que traté de no esperar su llamada muchos días después. Hasta que lo encontré en una de mis excursiones miraflorinas 'only girls', con una chica, con la que ¿asumo? sale (ay el facebook: como terminas conociendo virtualmente todo lo que hacen los presuntos implicados en tu vida). Me dio una hincada en el estómago, pero nada más. Lo miré de lejos, levanté mi apple martini y le sonreí. Él hizo lo mismo, con su cerveza.
A veces lo sorprendo mirándome, a veces aun me lo choco y lo miro de lejos. Sonrío. No deja de parecerme lindo, no dejo de tener un recuerdazo de tremendos besos, pero para mi ya es sólo el sapo azul que me hizo ver la necesidad de aprender a enterrar a los muertos. Por más que los sapos besen magnificamente, no tienen que convertirse en príncipes, o no es el momento para ninguno de los involucrados. Más simple y sencillamente sería decir 'al cuerno con los cuentos de hadas', pero que un beso pueda darle ciertos ajustes a una historia, no tiene que ver con un cuento.
Es innegable el poder de los besos y de los abrazos. Pueden llenar vacíos o crearlos. Llevar a la gloria o al infierno y hacerte pisar la tierra o tocar el cielo. Creo que nadie es inmune a un buen beso, contundente, que te tome casi de sorpresa, que te deje sin palabras. Pero ese tipo de besos no se dan con cualquier persona, tal vez no porque algunas personas no sepan besar, sino que algunas personas son más apasionadas que otras, o simplemente sus labios o sus cuerpos van bien juntos, o no. Eso cuenta, y vaya de que manera...
Aquí una canción fácil de compartir con la persona con la que se disfruta el intercambio de las pequeñas interminables pasiones que guardamos en los labios, para ocasiones especiales.
lunes, 1 de diciembre de 2008
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